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El artículo de este mes
Javier Ruiz de la Presa

Javier Ruiz de la Presa (Guadalajara, 1963), compositor y filósofo. Consejero editorial de TEDIUM VITAE. Su último libro Cuatro filósofos y la arquitectura contemporánea.
Diferencias filosóficas entre Aristóteles y los tapatíos
Aristóteles en su poética llamaba “hipocrites” (hipócrita) al actor en escena. Es el hombre que representa un papel teatral y hace que el espectador se “reconozca” en él, con piedad y temor. El tapatío llama hipócrita a quien no sabe ser desfachatado con cierta discreción. Es igual que él, pero no sabe simular… Es desleal como él pero aprovechó mejor la ocasión y le pescó en un momento de debilidad.

Aristóteles llama ciudadano (xxxxx) al hombre libre que se interesa por los asuntos de la ciudad (sin goce de sueldo porque tiene resuelto su problema económico). El tapatío considera ciudadano a quien puede estafar al fisco, sobornar al juez, intimidar al pobre y burlarse de la clase media (en especial si él mismo es de clase media).

Aristóteles llama magnánimo al que sabe hacer gastos generosos en beneficio de la ciudad. El tapatío considera magnánimo al que despilfarra o gasta un mínimo del erario en cosas inútiles pero vistosas para no tener que hacer grandes expendios en cosas necesarias.

Aristóteles considera a la mujer “parte de la hacienda” pero la trata como una “igual”. El tapatío reconoce los derechos de la mujer pero la trata como “objeto de deseo” u “objeto de tedio”. En general, la mujer es la que tiene que dar la cara ante los asuntos del ‘ciudadano’: las deudas, los empeños, las hipotecas, los embargos, y la mengua (y disolución final) de su propia fortuna a manos del marido.

Aristóteles considera la benevolencia y la amistad como principio de unión entre los hombres (en las ciudades). El tapatío considera los clubes nocturnos, los bares, las francachelas y las complicidades, como principio de amistades largas.

Para Aristóteles la vida ideal consiste en hacer “grandes cosas con medios limitados”. Para el tapatío la vida ideal consiste en una costosísima mediocridad acompañada de placeres vulgares que considera refinados (sibaritismo de provincia).

Para Aristóteles lo más valioso en esta vida es la amistad. Para el tapatío nada hay más valioso que el status y el Stratus.

Aristóteles considera que hay que tratar a los hombres de pocos recursos como aristócratas y a los plutócratas como iguales (más cierto toque de displicencia). Los tapatíos creen que al pobre hay que hacerlo sentir miserable. Y al rico (sobre todo si es un “pobre rico”), un “prohombre”. El hombre poderoso le impone una sensación de inferioridad. Pero nada que no pueda remediar identificándose con él. ¿Cómo se identifica con un “gran hombre”? Con lambisconería y adulación.

Aristóteles piensa que los hombres más valiosos son los que procuran pasar desapercibidos en gracia a su moderación. Los tapatíos creen que un gran hombre tiene que ocupar la primera plana de los periódicos (es indiferente si por extravagancia o por pequeños o grandes escándalos financieros, amorosos o políticos).

Ser ateniense significaba para Aristóteles ser ciudadano de “Atenas”. Ser tapatío –sobre todo en los migrantes y la clase media– significa para un tapatío ser ciudadano de Tlajomulco o ‘Chiquilistlán el grande’ (lo que le llena de desolación). Por eso, el tapatío siempre muestra una marcada tendencia a identificarse con el extranjero (americano o europeo) como si quisiera decir: “yo no pertenezco a esta chusma, sólo la tolero”.

Aristóteles creía que la mesura era necesaria en todo. Los tapatíos creen que la farsa de la mesura es necesaria en todo.

Aristóteles detestaba la charlatanería. Los tapatíos la aman y, para no ser copiados, están dispuestos a acusar a cualquiera que no lo sea, de charlatán (en especial al hombre superior). Es el modo más seguro para que un charlatán pueda ejercer su oficio sin obstáculos ni competencia inoportuna.

Para Aristóteles la sabiduría es un viático para la vejez. Y la filosofía el arte del autoconocimiento. Para los tapatíos la sabiduría es un montón de inocencias dichas con gravedad, unas palabras petulantes que se contagian con la lectura de libros (salvo Harry Potter y Armando Hoyos). La ocupación infame de quienes no han descubierto que el tiempo (y la farsa) es dinero. Los tapatíos tienen un viático para la vejez: el viagra, las Vegas y (con perdón de Sofía Vergara) la pederastia.

En tiempos de Aristóteles la pederastia era una práctica común por razones culturales (el culto a la virilidad), aunque él personalmente ni la practicaba ni la aprobaba. En nuestros tiempos la pederastia y la bisexualidad son prácticas comunes porque el charro de Jalisco es productor mayoritario de hombres con identidades inciertas. El tapatío que regresa a casa de noche con la libido alborotada (y la moral distraída) prefiere –al amparo del anonimato– una mujer en uno de cada diez casos. Para las demás ocasiones estima que lo semejante atrae a lo semejante. De ahí que nuestras avenidas se hayan convertidos en centros de burlesque.

Aristóteles creía en el poder de un régimen constitucional. El tapatío, como en general el mexicano, se mea en el régimen constitucional. Hay un antídoto contra las leyes: el dinero.

Aristóteles era aristócrata en su concepción del hombre libre, democrático en su concepción de la política. El tapatío es plutócrata (gobierno de los ricos) en su concepción del hombre libre y demagógico en su concepción de la política.

Aristóteles amaba el ocio productivo. Los tapatíos detestan (con odio jarocho) todo saber que no esté basado en el ejercicio arbitrario de la opinión.

Aristóteles amaba la verdad (que por lo general se hace acompañar de una extinción de la vanidad). Los tapatíos aman la vanidad (que por lo general hace de la verdad algo parecido a la puta de babilonia).

Aristóteles pensaba que la justicia es la más alta de todas las virtudes (porque engloba a todas las otras) y se caracteriza por “hacer un bien a la ciudad, cosa más alta y más excelsa que el bien de uno solo”). Los tapatíos aman por encima de todas las virtudes a la astucia pues con ella se pueden practicar todos los vicios posibles: el engaño, la traición, el negocio “bajo el agua”, la doble moral, etc.

Aristóteles creía que la vida feliz es “la vida inteligente”. El tapatío cree que la inteligencia es un elemento decorativo y que la vida feliz es un negocio rentable y poco exigente.

Aristóteles pensaba que la vida es profundamente misteriosa. Y aunque no podía justificar un “más allá” desde la filosofía, abrazaba la tradición teológica de otros siglos. Su fe en que “existe otra vida” era inquebrantable. El tapatío también es inquebrantable en su creencia en otra vida que, por cierto no duda que existe, pero le parece muy costosa.

Aristóteles creía que lo más esencial (lo que nos confiere un destino) es lo que uno hace con su vida. El tapatío cree que lo más esencial es no ser un pobre diablo (es decir: ser admirado por sus contactos, sus recursos y sus dineros).

Aristóteles decía que la filosofía ayuda a hacer libremente lo que otros hacen por coacción de la ley. El tapatío dice que “su” filosofía sirve para hacer cualquier cosa o capricho sin la coacción de la ley (o de la conciencia moral).

Aristóteles tenía un amor especial al conocimiento y la realidad, le parecía, estaba llena de enigmas que desafiaban a la razón. El tapatío tiene un amor especial por la frivolidad. Y la realidad, le parece, está llena de cabrones que como que nomás hacen que les gusta el fut-bol.

La “vida buena” para Aristóteles es trabajo, investigación, conversación y amistad. La “buena vida” es para el tapatío caguamas, edecanes y contratos millonarios.

Aristóteles decía: “Ay amigos. ¡No hay amigos!”. Un tapatío diría: “A ver cabrones. Gano lo mismo que un diputado (y como él, veces ni trabajo). No se me arrejunten tantos que no hay pa’ todos. Y no chinguen con eso de don fulano que luego parecen mujercitas… Y ahí les ando creyendo…”

Aristóteles pensaba –como Platón– que la vida es difícil y que por eso se requiere de un “arte de vivir”. Pues el arte sirve para hacer cosas difíciles (de modo que transfigura la realidad cotidiana y le da dignidad). El tapatío más bien es de la opinión de José Alfredo: “La vida no vale nada”. Pero eso sí: “Viva México cabrones”.

Javier Ruiz de la Presa (Guad alajara, 1963), compositor y filósofo. Consejero editorial de TEDIUM VITAE. Su último libro Cuatro filósofos y la arquitectura contemporánea.
Al margen, revista literaria