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Nuestra Gente
Nuestra Gente

La grandeza, la belleza, la cultura, los colores, los sonidos, los sabores de nuestro país no podrían existir sin lo más preciado de nuestra historia… nuestra gente. Y es justamente el legado de la gente de Guadalajara el que, con el transcurrir del tiempo, le ha dado sentido e identidad a nuestra ciudad haciendo de ella la ciudad más mexicana de México.

¿Podrá algún día alguien imaginar un México sin Mariachi, sin Charros, sin su himno Guadalajara, sin el Jarabe Tapatío o sin Tequila? Definitivamente no.

Guadalajara y México no tendrían su música, mundialmente famosa, si algún día un trovador no hubiera tañido una guitarra española dándole pincelazos mexicanos y creando un estilo muy local que, posteriormente, compositores como Blas Galindo utilizaran para inspirarse y hacer mundialmente conocida la música de Jalisco.

Y el cine mexicano, de Charros y pistolas, no podría ser concebido sin actores como Tito Guízar. Y si en alguna ocasión un panadero no hubiera hecho el pan con su propio estilo “salado”, nunca hubiéramos contado con nuestro tradicional “birote”. Y qué decir de la pintura de nuestro país. Ésta nunca hubiera sido la misma sin los volcanes del Doctor Atl, sin los gallos de Chucho Reyes y los murales de José Clemente Orozco. Y en el mundo no existiría el Tequila si un día un campesino, por mera casualidad, no hubiera tratado de beber el jugo de un agave que, sin darse cuenta, se había fermentado. Y el Tequila probablemente tampoco sería tan conocido si, posteriormente, un empresario como Francisco Javier Sauza no lo hubiera dado a conocer al mundo entero. Más aún, si durante la Colonia, Fray Felipe Galindo Chávez y Pineda no hubiera solicitado al Rey Carlos II de España la elevación del Real Seminario Conciliar de San José al rango de Real Universidad y luego abogasen por la causa de la Universidad, primero el licenciado Matías Angel de la Mota Padilla y, posteriormente, el clérigo Fray Antonio Alcalde y Barriga, nuevo obispo de la diócesis de Nueva Galicia…. no existiría hoy en día la Universidad de Guadalajara.

Y arquitectónicamente el mundo no contaría con uno de los monumentos arquitectónicos más maravillosos de la humanidad si un día la bondad del Obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo no hubiera soñado en crear un hospicio para niños huérfanos, ancianos y desamparados… y si no hubiera contado, para su realización, con la maestría del genial arquitecto Don Manuel Tolsá. Ni tampoco Guadalajara contaría con señoriales avenidas, como la Avenida Vallarta y la Avenida Lafayette, si no hubiera contado con la iniciativa y genialidad del Licenciado Sabino Orozco y México no hubiera tenido a su más grande arquitecto sin la visión y concepción única de Luís Barragán.

¿Y acaso alguien se atrevería a pensar en el fútbol mexicano sin un equipo llamado “Chivas” y sin jugadores como Chava Reyes y el Chololo Díaz?

En fin, definitivamente los tapatíos y los mexicanos no seríamos lo que somos sin nuestra gente. Guadalajara es, y siempre ha sido, hogar de tapatíos generosos y soñadores; muchos, nacidos aquí y otros adoptados. Guadalajara es una ciudad llena de tradiciones y costumbres enaltecidas con el orgullo de sus pobladores…. orgullo de pertenecer a una metrópoli llena de magia y de sueños.

Nuestra ciudad es, en consecuencia, lo que somos los que la habitamos. Es decir, hombres y mujeres impregnados del color, del sabor y de la luz de estas tierras, donde la historia recoge, y siempre ha recogido, sus mejores frutos para llevarlos a todos los rincones de la tierra.

Guadalajara, ciudad folklórica y bulliciosa, fue fundada por el conquistador Cristóbal de Oñate en 1542 que seguido por familias que llegaron a radicar en la ciudad, hicieron de la metrópoli una mezcla de identidades y sueños que se fundieron al unirse en un mismo camino.

Nuestra ciudad, con el paso de los años y con la llegada de los nuevos tiempos, fue adquiriendo su personalidad haciendo de este lugar un territorio en donde su gente duerme soñando y vive logrando lo que sueña.